Relatos

11. El simian Carlos Cheikov en… La traición

¡Venga ya! ¿Qué yo la violé? Pero que se ha creído esta cría. Cómo se atreve a ir diciendo eso por la nave. ¡Con un par! Venía cada noche de permiso a mi camarote a pillarse un buen pedo y nunca le pedí nada a cambio. Se tumbaba en mi cama mientras nos acariciábamos. A veces se hacía la dormida pero luego se me insinuaba. Yo no le puse nada raro en la infusión, solo hierba gatera y valeriana que era lo que le gustaba a ella. ¡Y qué más da si estaba dormida o drogada! Ella quería y repetía a menudo. ¡Menuda niñata!


Si antes ya me marginaban por mis orígenes, ahora me odian. Y eso que el comandante Edros no es que sea un santo precisamente. Exterminó sin cortarse esa nave viridian y me ha usado de cebo en más de una ocasión. Además, ¿quien vive mejor en esta nave? Sin duda, los oficiales. No entiendo porqué le hacen caso. ¡Solo es un viejo estúpido y autoritario!


Misha y yo estamos bajo arresto domiciliario por haber causado este revuelo en la nave. No podemos descender al planeta. En el siguiente viaje solo bajarán Xcher, Diert y el mismísimo comandante. Creo que será la primera vez que el comandante haga algo por sí mismo. Skorzy y los demás reclutas se supone que deben vigilarnos. Al menos no me han encerrado con el vorbón y me dejan seguir entrenando.


El comandante Edros y su equipo llevan un par de noches en el satélite. Sus noticias alientan a la tripulación. Por lo visto ha logrado un trato con los nativos para conseguir comida. La noche anterior grabé el sonido de confirmación de bloqueo de la puerta de mi camarote. Esta noche, cuando Skar viene a bloquearme la puerta, emito la grabación en vez de pulsar el botón. Como los camarotes no son cárceles, no se pueden cerrar desde fuera a no ser que se presurizen todas las salas de nave o que desde dentro se pida un bloqueo de emergencia. Suerte que esta noche le ha tocado a Skar y no a un azuru, tienen el oído muy fino. Creyendo haberme encerrado, Skar se retira.


Al cabo del rato, me la juego y abro la puerta. Nadie en las cercanías. Esta es la mía. Me descalzo para andar en silencio y me dirijo con cuidado hacia el transbordador de estribor. Lo mantienen anclado en la parada más cercana al puente por motivos de seguridad. Debo andar con cuidado para que no me pillen. Por suerte me sé todas las rutas de patrulla, me he pasado meses haciéndolas. Cojo el transbordador y me dirijo al hangar. Cuando el transbordador se pone en marcha, veo como Skorzy y Vish me observan desde la parada.

- ¡Qué os den! - grito.


En cuanto llego al hangar y bajo del transbordador, éste se pone en marcha de nuevo. Supongo que Skorzy no querrá dejarme escapar tan fácilmente. Me subo en una cápsula de descenso y la arranco. Gracias al entrenamiento, sé cómo abrir las compuertas del hangar, cómo pilotar la cápsula y cómo realizar el descenso. Qué pringaos, me enseñaron todo lo necesario. Lo único que no sé es cómo calcular las coordenadas adecuadas para un descenso. Por suerte estos aparatos tienen historial de descensos. No selecciono el último punto de descenso pues ahí estará Edros y sus secuaces. Selecciono el penúltimo. Mientras realizo estas maniobras, Skorzy monta en otra cápsula y sale del hangar para perseguirme. Justo inicio el descenso cuando su cápsula está a punto de chocar con la mía.


No me da, pero consigue mover el cable tensor y desviar mi trayectoria. Es el peor descenso que he vivido jamás. La cápsula no queda colgando del cielo sino que impacta contra una duna cuando aún no ha frenado del todo. Por poco no lo cuento. El choque genera un cráter y levanta una gran humareda. Si quería pasar desapercibido, ya no puedo. Al poco llega la comitiva de primitivos a recibirme.


- ¡Vete! ¡Fuera! ¡Vete falso dios! - vociferan. Es hora de poner en marcha el plan B. El polvo ya casi se ha posado sobre el suelo por completo. Agarro mi arma y salgo de la cápsula. Disparo a dos primitivos en el pecho. Mueren con facilidad.

- ¡Yo no soy un falso dios! Yo soy dios. ¡El único! Los que antes me acompañaban eran una ilusión para poneros a prueba. Habéis demostrado ser hombres de fe.

- ¡No nos mates! Muéstranos misericordia. - suplican los nativos mientras se arrodillan. Mato a todos los hombres menos a uno, el único que estaba aún de pie.

- No tenían el valor de creer en mí. Tu si, ¿verdad hijo mío?

- ¡Yo si creo! Mi señor todopoderoso.

- De acuerdo. Ve y dile a los hombres que espero recibirlos aquí, que dios ha bajado para juzgarlos.

Madre mía, creo que empieza a gustarme esto de ser un dios.


Al cabo de unas cuantas horas, empiezan a aparecer nativos pertrechados y armados, montados en una especie de caballos. El primer hombre en acercarse, desciende del caballo, se arrodilla ante mí y dice.

- Alabado sea Dios.

Le meto un disparo en las tripas y exclamo.

- ¡Que nadie más se arrodille si no quiere perder la vida! Debéis andar erguidos, con orgullo. ¡Sois el pueblo elegido!

Los hombres se asustan pero no se atreven a moverse. Uno de ellos, vestido con ropas ornamentadas, como un sacerdote, se acerca hacia mí sin dirigirme la mirada y con los brazos tendidos hacia delante. En las manos sostiene un objeto que no encaja con su entorno. ¡Ja! Es un yo-yó luminoso. Parece muy antiguo.

- ¡Este es el objeto sagrado! Cuentan las leyendas que antiguamente brillaba al girar. - da media vuelta y se dirige a su gente. - Esta antigua reliquia ha sido un misterio desde que andamos sobre este mundo. Un Dios que todo lo sabe, todo lo ve y todopoderoso sabrá resolver el misterio.


Se vuelve a girar y me entrega el yo-yó. Se me daba muy bien de niño, espero que todavía sepa manejarlo. La cuerda está rota, no se puede usar así… Debo improvisar, deprisa. Desmonto el yo-yó para ver su eje. Los hombres se alertan, alguno se mueve hacia mí.

- ¡Ni un paso más! - desenfundo mi arma y disparo a alguno de los que está más nervioso. Muere al instante. Me acerco a su cadáver mientras apunto al resto con mi arma. Agarro la túnica que viste y arranco un hilo lo suficiente largo, con él reparo el yo-yó. Lo hago girar pero no brilla. Debe tener la batería agotada. Lo recargo por inducción con mi comunicador.

- ¿Quereís ver los que sabe hacer Dios? - exclamo mientras lanzo el yo-yó. Brilla con luces de distintos colores según el truco que hagas y la velocidad a la que gira. Lo lanzo hacia arriba y hacia abajo. Hago el perrito y la vuelta. Tengo al público fascinado.

- ¡Alabado sea Dios! ¡Alabado sea Dios! - corean al unísono.

Realmente, éste debe ser mi día de suerte. En mis sueños no pensé que iba a tener un ejército. Tal vez pueda quitar de enmedio a Edros.


Guardé las coordenadas donde descendió Edros y su equipo y gracias a mi comunicador puedo confirmar que la Medusé sigue en órbita. Edros descendió algo más al norte, no muy lejos de aquí. En una zona más fría y menos poblada. Desde mi posición de Dios me es sencillo dirigir a los hombres a una guerra santa contra la gente del norte. Conforme avanzo por diferentes territorios, recluto a los nativos haciendo demostraciones de poder, espectáculos con el yo-yó vaya. Esta gente vive en la edad media, en puebluchos fortificados gobernados por templos o castillos. Tras dos semanas de gira, mis más cercanos súbditos me informan que tras las cordilleras se encuentran los infieles. Perfecto. Edros debe estar con ellos.


Cruzamos las primeras montañas y acampamos frente a un valle. Es una provocación, lo sé. Pero cuento con superioridad numérica. El paisaje a este lado de la montaña no es tan seco, es más verde pero también más frío. No puedo flaquear ni lo más mínimo. Mis hombres tiene fe absoluta en que soy un dios todopoderoso. La verdad es que agradezco haber recibido entrenamiento. Que irónico, ¿no?


Desde nuestra posición se observan un par de poblados. A la mañana siguiente, mando mi ejército a arrasarlos. Voy con ellos, sin exponerme demasiado, para demostrar mi poder y mi furia. Me encanta ser un dios. Superamos al enemigo y sitiamos sus pueblos. Los hombres están satisfechos con la victoria. Esa noche hay jauría en mi honor. Ellos se lo pasan bien con las mujeres del lugar y yo se lo permito. Hago lo propio con un par de chicas, pero las fulmino con mi arma tras acostarme con ellas. No quiero que nadie comente mi lado más humano.


Al cabo de un par de días, avistamos a las tropas enemigas avanzando por la cola del valle. Perfecto, se están metiendo en un escollo y nosotros somos muchos más. Una vez empiece la batalla no tendrán a donde huir. Ordeno iniciar la carga. Conforme mi ejército avanza, el enemigo retrocede por donde ha venido. Cada vez que los pillamos, un contingente enemigo nos enfrenta para dar tiempo al resto de huir. Qué manera más estúpida de morir, sacrificándose para salvar a los demás. Seguramente, cuando lleguemos a campo abierto, corran a refugiarse en algún templo o castillo cercano y eso nos dirigirá a Edros. La victoria está cerca.


Tras todo el día luchando y avanzando, llegamos a la plana. Mierda, no pensé que estuviera tan bien protegida. Enfrente nuestro, sobre un pequeño monte, se alza una torre. Una espesa niebla cubre la planicie y me dificulta poder ver los movimientos del enemigo. Aún así, puedo ver dos campamentos a los lados de la torre que nos flanquean y diversas catapultas dispersas por el territorio. Con mi comunicador, tomo imágenes del lugar y amplío la imagen de la torre. El comandante Edros está en lo alto.


Se enciende un fuego sobre la torre y el comandante Edros dispara su arma sobre mis tropas. Los hombres se asustan.

- ¡No temáis! Vosotros sois el pueblo elegido. ¡Es un falso dios! - exclamo mientras disparo mi arma contra la torre. A esta distancia y con la niebla de por medio no sé si alcanzo algún objetivo. Sin embargo, nosotros, descendiendo de las montañas, debemos ser un blanco fácil. Las catapultas enemigas empiezan a lanzar rocas y redes sobre mis tropas. No puedo dejar que mueran así. Todavía somos muchos, más que ellos, ahora es doble o nada.

- ¡Avanzad! ¡A la carga! ¡Fundíos con la niebla!


Yo tomo posición en retaguardia, junto con otros cuatro hombres fieles, detrás de una cobertura sin bajar a la llanura. Desde este lugar elevado puedo ver la evolución de la batalla sin correr riesgos y puedo intervenir con mi arma donde sea necesario. Disparo una buena ráfaga a una catapulta y consigo destruirla. Parece que mis hombres consiguen tomar el cuartel del oeste. Doy apoyo con mi fuego.


En ese momento, un estruendo rompe el cielo y una cápsula de descenso frena justo detrás mío. No puede ser. ¡Cómo es posible! Debería haberse estrellado contra las montañas. Es imposible realizar un descenso tan preciso en un lugar tan escarpado. De la cápsula salen Skar y Asha. Skar alza el vuelo y empieza a escupir ácido sobre mi séquito. Mis hombres gritan por el dolor y el terror que sienten. Apunto a Skar para detenerle de un disparo pero Asha me arranca el arma de mis manos de una patada. Desenvaino mi espada y le planto cara.

- ¡Miau! ¿Otro asalto?

- Esta vez no tendrás tanta suerte.

Lanzo una estocada contra Asha. Cuidado Asha, el filo corta, no hay huevos a intentar agarrarla. Durante varios minutos, ella me esquiva como puede mientras enlazo golpes y estocadas. Mis escoltas se reponen y le plantan cara a Skar.

- ¡Tened fe hijos míos!

Esto no os lo esperabais, ¿verdad? Nuestro contraataque les obliga a recular.


Me coloco en posición de ventaja con la ayuda de mis hombres. La espada empieza a pesarme. Por suerte, la cápsula de descenso está cerca de mi. Si consigo alcanzarla y volver a la Medusé antes que los demás, podría suplantar a Edros y dejar que se pudran en este primitivo planeta. Asha me enviste. Joder, estoy demasiado cansado. Me derriba y con las garras de los pies me araña los muslos. Skar mata a dos de mis hombres con sus pinzas y los otros dos huyen despavoridos.

- Anda, prueba a levantarte ahora. ¡Pff!

Estoy jodido, me ha destrozado las piernas.

- Tranquilo, no te mataremos. Lo que te maúlla es peor. A partir de ahora compartirás habitación con el vorbón.

- Pero antes, observa como Edros aniquila a tu ejército. Crik.

Otra cápsula de descenso suelta a Vish, a Misha y al machina en el centro del campo de batalla. Entre ellos, Edros, Xcher y Diert forman un fuego cruzado que poco a poco va mermando a mis hombres en el campo de batalla. Es una matanza.


De vuelta a la Medusé me espera un consejo de guerra. Todos los oficiales están en el puente. Xcher y Diert son mi escolta.

- Carlos Cheikov. Se te acusa de insubordinación y de declarar la guerra a tus superiores. El castigo por estas acusaciones es la muerte. ¿Cómo te declaras? - me pregunta Edros.

Ah, la muerte. Puede que esa sea mi única salida… ¿Cómo puedo seguir viviendo en esta nave?

- Me declaro culpable.

- Como atenuantess, - prosigue Skorzy, - tenemos nuestra situación excepcional y el hecho de que, graciass a su amotinamiento, todos nuestros reclutass han adquirido experiencia en combate real.

- Se sentencia que no será castigado con la muerte. Se le encerrará de manera indefinida con el vorbón. ¿El acusado tiene algo que añadir?

- Si. Máteme por favor.

- Denegado.


Fin del undécimo capítulo.


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