Relatos

1. El simian James Chong en... El accidente.

- Esto que os contaré no lo sabe casi nadie. Empezaré presentándome aunque es probable que ya me conozcáis. Mi nombre es James Chong, piloto y comandante James Chong. Quiero que todo quede registrado. No desearía que se malinterpretaran mis actos en el futuro…


Viéndolo en perspectiva, creo que los años que pasé en la Médusé y las personas que ahí conocí fueron mi inspiración. Por ello me desvié del camino establecido y terminé siendo quien soy. Todo empezó cuando tenía trece años.


Mis padres eran humanos iniciados en la trascendencia, instruidos en el ritual y el autoconocimiento. Eran seguidores de los cerebros voladores. Su objetivo en la vida era alcanzar la trascendencia y dejar su cuerpo físico para contemplar el universo e inspirar a los demás durante toda la eternidad. Su mayor deseo, sin embargo, era que yo los acompañara en esta experiencia. Como otros iniciados, querían que su amor y su familia durasen para siempre. Como padres, eran cariñosos y permisivos, tal vez un poco sobreprotectores.


Mi madre y yo íbamos de viaje a Antares para reunirnos con mi padre. Como sabréis, cuando un iniciado consigue trascender su cuerpo físico realiza un salto interestelar como consecuencia del ritual. Mi padre trascendió hace un año y cuando llegaron las vacaciones emprendimos el viaje para verle.


Se había convertido en un ciudadano inmortal de los cerebros voladores. Había conseguido aquello por lo que él y mi madre se habían instruido durante años. Mi madre no. Ella misma decía que se debía al apego que sentía por mí. Aunque no lo decía con rencor, más bien al contrario, como muestra de cariño, yo me sentía responsable de su fracaso. No era la carga que siente un adulto responsable, más bien la de un joven que se hacía mayor. Recuerdo que ese año me había esforzado mucho en la escuela para compensarlo, para que mi madre estuviera orgullosa de mi.


Ese esfuerzo dio sus frutos. Mis notas fueron impecables. Durante el curso, nos habían enseñado el protocolo de invasión de sapos entre otras cosas. Habíamos parado en la estación intergaláctica de Aurigae. La intención era hacer una pausa, descansar, visitar la estación y reemprender el viaje hacia Antares. Salió mal. Los sapos psíquicos invadieron la estación.


Tuvimos tiempo para hacer un poco de turismo antes de la invasión. Yo siempre había querido visitar una estación intergaláctica. Hay cuatro en la vía láctea. Son lugares de paz donde una serie de tratados muy antiguos y respetados, de la época de La Plaga, impiden que suceda ninguna guerra. Tienen fama de ser los mejores lugares para disfrutar del ocio en toda la galaxia. Todos los jóvenes de todas las especies y credos quieren visitar una. ¡Hasta los machina sapiens recién ensamblados! Esta estación era impresionante, la más grande que había visto en mi vida, con zonas de ocio para todas las especies, otras destinadas a placeres para adultos, parques de atracciones, museos variopintos y muchos restaurantes. Además, tenía expuesta en el centro de la estación una nave enorme de hace siglos, la Médusé, que habíamos visitado.


Estábamos en uno de los cuatro hangares de la estación, haciendo cola enfrente de una nave para evacuar.

- Hay que ir a por comida, - le dije a mi madre - es el protocolo contra sapos.

- James, estamos al lado de las naves de escape. Si nos quedamos aquí no veremos a los sapos y podremos huir. El protocolo dice que nunca mires un sapo.

- Si, pero mamá, también dice que antes de huir hay que recoger provisiones. Por si la nave no está preparada y para dejar a los sapos sin alimento.

- Vale listillo, - dijo mientras me guiñaba un ojo - ya veo que estudiaste la lección. Pero no te alejes mucho y, sobretodo, no mires a ningún sapo.


Los sapos son unas criaturas que todas las demás especies desean evitar cruzarse. Son pequeños anfibios capaces de mandarte una orden psíquica en cuanto los ves. Son órdenes muy simples, tales como comida, cobijo o huir y, por defecto, mirar. Un individuo que recibe una orden de los sapos no puede evitar cumplirla de la mejor forma que sepa. En algún momento hace mucho tiempo, mediante este poder, lograron robar una nave de los vorbones que visitaron su planeta natal. Desde entonces son una especie más que viaja por la galaxia. Pero no son como las demás especies, ¡solo son sapos! Sapos y sus súbditos hechizados. No se puede dialogar ni negociar con ellos. Es muy difícil combatirlos pues no puedes mirarlos. Además las IA programadas tienen problemas para detectarlos, pues son de sangre fría.


Cuando sucede una gran invasión de sapos, la única forma de detenerla es usar el protocolo. Todas las especies lo ejecutan igual. Se evacua el lugar de la forma más eficaz que se pueda intentado llevarse el máximo de comida posible, se abandona a los sapos y se los aísla durante tres años y se vuelve a recuperar el lugar una vez todos los sapos han muerto. Y, ¡nunca se debe mirar un sapo!


Me alejé de mi madre sin perderla de vista y fui a buscar comida por los alrededores, pero no encontré nada. Recordaba la comida del restaurante donde habíamos estado, estaba riquísima, pero quedaba muy lejos de aquí. Entonces oí croar. No lo pensé. Creo que fue curiosidad instintiva. Me giré y vi al sapo. Un pensamiento vino a mi mente. “Comida”.


Lo siguiente que recuerdo es recibir bofetadas en la cara. Estaba cerca del restaurante donde habíamos comido y no recordaba cómo había llegado hasta aquí. Nunca en mi vida había visto a la mujer que me arreaba. Era una chica humana, con el pelo rojizo y rizado y los ojos rasgados. Una joven algo desaliñada pero hermosa.


- ¡Basta! ¡Basta! ¡¡He dicho que pares!! - y dejó de darme bofetadas.

- Lo siento, ¡tenía que asegurarme!

Entonces vi a mi madre, que estaba a mi lado.

- ¿Vas a volver a escaparte?

- ¿Escaparme? ¿De qué hablas mamá?

- Tranquila señora, su hijo no huirá más. El muy idiota miró un sapo.

- ¿Miraste un sapo? - dijo mi madre, se trataba de una pregunta retórica - No sabes en qué lío nos has metido. Las cápsulas de escape y todas las naves zarparon, la evacuación terminó.

- Si, estamos atrapados aquí y nos dan por muertos. Que bien, ¿eh? - dijo la chica - Por cierto mi nombre es Maille.

- Por lo menos tenemos comida. - dije yo mientras vaciaba mi chaqueta dejando caer un buen montón de panecillos y repostería industrial.

- Mi nombre es Olivia y este es mi hijo, James. ¿Que se supone que debemos hacer ahora?

- Pues recoger comida, encerrarnos donde no entren los sapos y esperar a morir, supongo.

La perspectiva nos desanimó a todos, pero no tuvimos mucho tiempo para ello. Oímos croar alrededor nuestro.

- ¡¿Ya han llegado hasta aquí?! - dijo Maille - ¡De acuerdo! Vamos a mi apartamento. Allí tengo algo más de comida y está cerca.


Nos vendamos los ojos con camisetas y abrigos y nos dimos la mano. A ciegas y guiados por Maille llegamos hasta lo que ella había llamado su “apartamento”. Era una salita en un rincón de una zona industrial. La puerta de entrada apenas se sostenía y no tenía ventanas. Baño y cocina estaban en la misma sala donde se dormía. No había paredes en el interior y el espacio total no debía ser mayor de diez metros cuadrados. Ordenada no es una palabra que usaría para describirla. Al menos había comida. Entre lo que había recogido yo y lo que había aquí teníamos para tres o cuatro días.


- El protocolo dice que para que la evacuación sea eficaz hay que intentar seguir huyendo aunque haya terminado la alarma. Incluso, abandonar el lugar en un traje espacial. - dije yo.

- Y qué más da. Aquí estamos aislados. O es que, ¿acaso prefieres morir solo en el espacio? - replicó Maille.

- ¿Seguro que no hay ninguna forma de huir? - pregunté.

- ¿Además del suicidio espacial? Como no sea en ese trasto gigante que tienen expuesto,  pero es un cacharro. Seguro que no funciona.

- ¿Y si funciona?

- Maldito crío ¿Y si Finciini?

- ¡Eh! No le hables así a mi hijo. Si funciona, ¿qué?

- Bueno, pues si funciona nadie lo sabe pilotar. Así que... Fin de la partida.

- ¿Y si hay alguien que sí sabe? - pregunté.

- ¿Y si hiy ilguiin qui sí sibi? ¡Me cago en!

- ¡Calla! Lo que dice tiene sentido. Y si alguien como nosotros se ha quedado atrapado aquí pero sabe pilotar esa nave, ¿Qué haría? - preguntó mi madre.

- Pues intentaría huir con ella.

- ¿Y no crees que, si eso es así, es mejor que vayamos al puente de esa nave? Por si acaso alguien lo intenta.

- Al menos es una posibilidad. - dije yo.

- Vale, de acuerdo, familia feliz. Vamos al puente de la Médusé, pero ya veréis que es un trasto.

Mi madre siempre me sorprendía en estos casos. Con ella me sentía comprendido y a salvo. Aunque yo dijera lo primero que me pasaba por la cabeza ella sabía darle sentido. Bromear con ella era muy divertido.


Me gustaba la idea de volver a la Médusé. Había sido uno de los lugares que más me impresionó visitar. Era una nave que fue muy popular en el pasado, un modelo de nave civil de la época en que las naves estaban tripuladas por miles de individuos. En ella habían vivido más de veinte mil. Era tan grande que se usaban transbordadores internos para desplazarse por la nave, como si fuera una estación espacial con velas solares y motores de salto. Lo que más me impactó fue el invernadero de la Médusé. Tenía el diámetro de la propia nave y lo habían convertido en un bosque zoológico con su propio ecosistema. Era una nave preciosa.


Recogimos toda la comida y partimos. El viaje hacia la Médusé fue largo. La mayor parte lo hicimos en los transbordadores de la estación. De transbordador a transbordador debíamos movernos a ciegas, con los ojos vendados. Maille nos guiaba a tientas. Se conocía todas las combinaciones y atajos. Nos contó que ella había nacido en la estación y que era huérfana desde que tenía dieciséis. Mi madre le contó nuestra historia.


Toda la estación estaba repleta de sapos. Los oíamos, los notábamos alrededor nuestro y a veces los pisábamos. Nunca los mirábamos. Yo ya había saciado mi curiosidad y aprendido la lección. Sé que hoy en día hay programas de televisión donde emiten la imagen de un sapo satisfecho que solo lanza la orden “mírame” y rompen récords de audiencia. Sin embargo yo prefiero quedarme con mis recuerdos. El recuerdo de un sapo no puede manipular tu mente y yo nunca he querido volver a ver uno.


Habíamos tardado más de cuatro horas pero ya estábamos frente a las puertas de la Médusé. Era tan grande que, desde donde estábamos, no alcanzábamos a ver el límite de la nave en ninguna dirección. Ni mirando hacia arriba, ni hacia abajo ni hacia los lados. Tan grande como un distrito de la estación intergaláctica por lo menos. Según Maille, estábamos frente a la puerta más cercana al puente. Por suerte, no había ningún sapo cerca.


- ¿Ahora qué? ¿Alguna idea brillante para abrir la puerta chaval?

- ¿Has probado a abrirla? - dijo mi madre.

Y la puerta se abrió al intentarlo.

- Deja ya de meterte con mi hijo o se acabará mi paciencia.

- Y qué pasará, ¿eh vieja?

- ¡Ya Basta! No es momento para esto. - grité, dejándome llevar por mi enojo.

- Tranquilo James, no pasa nada.


Entramos en la nave y me tranquilicé. Cerramos y sellamos la puerta detrás de nosotros. Habíamos entrado por una puerta cercana a los camarotes, los comedores y las zonas de recreo. Encima de éstos estaba el puente. Todo estaba viejo pero cuidado. Más bien diría que tenía aspecto de viejo.


Tomamos un transbordador interno de la nave que en unos segundos nos subió a nuestro destino. Intentamos abrir la puerta del puente pero estaba sellada.


- Por lo visto, esta vez no basta con intentarlo. - dijo Maille.

Mi madre golpeó la puerta.

- ¿¡Hay alguién ahí!? ¿¡Puede abrirnos!? - gritó.


Las puertas se abrieron. El puente era una sala de gran tamaño con diversos aparatos y puestos de mando. Dentro había dos hombres fuertes y robustos, bajitos y arrugados sentados frente a la pantalla de control principal. Ambos armados y vestidos con uniformes de aspecto militar. Uno con más cicatrices y más arrugado que el otro. Eran razors y nos apuntaban con sus dispositivos de defensa.


- ¡Presentaos! - ordenó el razor más anciano. - ¡He dicho que os presentéis!

- Yo… Yo soy Olivia García y él es mi hijo James Chong. Ella es...

- ¡Yo me llamo Maille! ¡señor!

- Muy bien, muy bien. ¿Qué hacéis aquí? ¡Responded!

- Al igual que ustedes supongo. Nos quedamos atrapados en la estación y hemos venido aquí con la esperanza de poder huir. - respondió mi madre.

- Y, ¿cómo van a pilotar la nave? - preguntó nuestro interrogador.

- Esperábamos encontrar a alguien que supiera, señor. Traemos comida. - dije yo.

Me miró y dijo:

- Pues debe ser su día de suerte señoritas. Él es Diert, competente piloto de todo tipo de naves, y yo soy Edros, comandante Edros o señor para vosotras.

- Eso significa que nos váis a sacar de aquí. - masculló Maille.

- …

- Digo, ¡señor! ¿Saldremos de aquí señor?

- Por supuesto.

Maille nos miró a mi madre y a mí y nos cogió de la mano emocionada.

- Maldita familia feliz, al final me habéis salvado… - y nos abrazó.


Edros y Diert bajaron sus armas y volvieron a sus tareas. Tenían mucho trabajo presurizando todas las salas de la nave, testeando el funcionamiento de los motores, comprobando los sistemas vitales, etcétera. Me acerqué a Diert para ver cómo trabajaba, siempre había querido ver el puente de una nave en acción.


- Estoy impaciente por conocer a los demás. - dije.

- ¿Quienes? - preguntó Diert.

- Los demás, los que vengan con nosotros. Si tanto vosotros como nosotros hemos llegado hasta aquí, es posible que más gente lo consiga, ¿no?


Fin del primer capítulo.


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